Miró el horizonte y comenzó a
soñar. Era su única escapatoria no había nada que hacer. Imaginó un mar calmo,
con una brisa que acariciaba su piel. Disfrutando de ese mar que todos habían
abandonado, calló la noche. Solo la esperaba su toalla colgada en un pequeño
árbol extrañamente ubicado entre los balnearios.
Por un momento volvió a la
realidad, un avión que pasó llamo su atención; continuó.
De repente, el aparece perfecto y
sonriendo como siempre. La abrazó, le beso el cuello y comenzaron a nadar. Ya secos
después de un rato en el agua, comenzaron a caminar sin rumbo alguno tomados de
la mano. Y así pasaron las horas juntos hasta que encontraron destino, un
pequeño y humilde fogón. Chistes, canciones, alcohol y una guitarra que no
paraba de sonar hizo que enseguida amaneciera. Resultó ser la noche de su vida,
única e irrepetible.
Su madre la llamó extrañada por
la sonrisa que enternecía su rostro. En ese momento notó que había sido solo un
sueño.
La injusticia abundaba en aquel
mundo, la manipulación, la ofensa, la mentira. El odio, el rencor el
resentimiento. Era un mundo con los valores por el suelo. Era lo que había quedado
de ellos.
Todos eran extraños. Observaba
como nadie la comprendía. Su mundo ardía en llamas y solo quien la escuchaba
estaba a años luz de ella. Seres color marrón, diferentes graduaciones la
rodeaban mientras ella blanca inmaculada al igual que su vestido esperaba que
un milagro sucediera.
Un día ese sueño se convirtió en
verdad. Se encontraron se conocieron. Disfrutaron cada instante juntos, ni
ellos entendían lo que sucedía aquella tarde de calor. La amistad, el amor y la
confianza eran cosas del pasado, solo sueños. Pero él tomó su mano, levantó su
mirada y observándola sonrió. Dijo "todo va a estar bien" y ella
sintió que el mundo caía y todo se desvanecía.
Cada uno de nosotros crea su
mundo, se mueve como quiere de manera independiente en donde a nadie le importa
el otro. Seres egoístas y avaros que reinaban aquella tierra en la que nada
valía la pena. Solo el calor de sus brazos rodeándola con fuerza, cortando su
llanto eran capaces de espantar sus miedos. Era química, tan solo eso. El
aparecía y ella sonreía. Ella solo lo observaba y se hacía notar. Su pesadilla
acechaba; el no poder sentirlo, no poder amarlo, sentir su tibio aliento cuando
susurraba a su oído sintió como todo se desvanecía como ya nada de eso existía.
Como todo se convertía en cosa del pasado. Pero él siempre tenía las palabras justas; cómo,
cuándo y qué decir, consolaba sus momentos tristes, la entretenía en sus ratos
libres, la hacía feliz. Y ella estaba segura que no iba a dejar que él se vaya.
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