1 de mayo de 2012

#1


Miró el horizonte y comenzó a soñar. Era su única escapatoria no había nada que hacer. Imaginó un mar calmo, con una brisa que acariciaba su piel. Disfrutando de ese mar que todos habían abandonado, calló la noche. Solo la esperaba su toalla colgada en un pequeño árbol extrañamente ubicado entre los balnearios.
Por un momento volvió a la realidad, un avión que pasó llamo su atención; continuó.
De repente, el aparece perfecto y sonriendo como siempre. La abrazó, le beso el cuello y comenzaron a nadar. Ya secos después de un rato en el agua, comenzaron a caminar sin rumbo alguno tomados de la mano. Y así pasaron las horas juntos hasta que encontraron destino, un pequeño y humilde fogón. Chistes, canciones, alcohol y una guitarra que no paraba de sonar hizo que enseguida amaneciera. Resultó ser la noche de su vida, única e irrepetible.
Su madre la llamó extrañada por la sonrisa que enternecía su rostro. En ese momento notó que había sido solo un sueño.
La injusticia abundaba en aquel mundo, la manipulación, la ofensa, la mentira. El odio, el rencor el resentimiento. Era un mundo con los valores por el suelo. Era lo que había quedado de ellos.
Todos eran extraños. Observaba como nadie la comprendía. Su mundo ardía en llamas y solo quien la escuchaba estaba a años luz de ella. Seres color marrón, diferentes graduaciones la rodeaban mientras ella blanca inmaculada al igual que su vestido esperaba que un milagro sucediera.
Un día ese sueño se convirtió en verdad. Se encontraron se conocieron. Disfrutaron cada instante juntos, ni ellos entendían lo que sucedía aquella tarde de calor. La amistad, el amor y la confianza eran cosas del pasado, solo sueños. Pero él tomó su mano, levantó su mirada y observándola sonrió. Dijo "todo va a estar bien" y ella sintió que el mundo caía y todo se desvanecía.
Cada uno de nosotros crea su mundo, se mueve como quiere de manera independiente en donde a nadie le importa el otro. Seres egoístas y avaros que reinaban aquella tierra en la que nada valía la pena. Solo el calor de sus brazos rodeándola con fuerza, cortando su llanto eran capaces de espantar sus miedos. Era química, tan solo eso. El aparecía y ella sonreía. Ella solo lo observaba y se hacía notar. Su pesadilla acechaba; el no poder sentirlo, no poder amarlo, sentir su tibio aliento cuando susurraba a su oído sintió como todo se desvanecía como ya nada de eso existía. Como todo se convertía en cosa del pasado. Pero él  siempre tenía las palabras justas; cómo, cuándo y qué decir, consolaba sus momentos tristes, la entretenía en sus ratos libres, la hacía feliz. Y ella estaba segura que no iba a dejar que él se vaya.

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